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“No puedo verte, ni escucharte, pero siento que estás ahí”.

13/02/2019

Existe un momento de la vida bastante peculiar en el que resultas viejo para los jóvenes, y pimpollo para los ancianos; llegado ese punto, te conviertes oficialmente en “una persona de mediana edad” (40/50 años). Este curioso hecho te hace sentir un poco en tierra de nadie, obligándote a preguntar: ¿pero entonces qué diantres soy? ¿soy ya mayor, o todavía no? La más cartesiana de las respuestas dirá que, no solo eres mayor, si no que cada día que pasa eres más “mayor”.
 
Sin embargo, tu vocecita interior responde que, independientemente de lo joven o viejo que resultes a los ojos de los demás, tu alma sigue teniendo la misma edad que cuando tu madre te ataba los cordones de los zapatos, y te peinaba con esmero para salir a la calle.
 
Es innegable que la madurez te hace sensible a la presencia de las personas ancianas, más permeable a sus inquietudes, sentimientos y necesidades. Probablemente sea porque cada vez estás más cerca de ser uno de ellos. Los humanos somos así de egoístas, solo empatizamos con aquello que tiene que ver con nosotros mismos; lo que no nos afecta, por lo general, nos importa un pimiento. Por ello para la mayoría de personas, los ancianos son literalmente invisibles: ¡no los ven ni aunque choquen con ellos! (puedes comprobarlo ahora mismo en cualquiera de nuestras calles o plazas).
 
Es muy probable que si pides ayuda para un anciano que se haya quedado solo, ciego, sordo, y además tenga algo de incontinencia (cosa habitual cuando llegamos a edades avanzadas), únicamente dé un paso al frente para echarle una mano, alguna persona que ya haya cruzado esa barrera de “la Mediana Edad”.
 
Bueno, pues esta es una buena ocasión para comprobarlo, porque acabas de leer la descripción del estado en el que se encuentra Xavito, este pequeño viejito que ves en la foto, que necesita que le echemos una mano de forma urgente.
 
A Xavito lo rescatamos del abandono el 17 de septiembre de 2006 en Colmenar de Arroyo. A los dos meses fue adoptado y diez años después, la misma familia que lo adoptó, nos lo devolvió argumentando que se cambiaban de casa, que ladraba mucho y que ya no iban a poder tenerlo (ya, ya sabemos que en esta parte del texto están sonando a lo unísono todos los improperios reconocidos por la RAE, pero El Refugio es su familia y por supuesto volvió a nuestros brazos).
 
Y aquí está Xavito, de nuevo en nuestros brazos, suplicando al destino que en este mismo momento alguna “persona de mediana edad” empatice con su soledad, sordera, ceguera y necesidad de amor, y decida abrirle su hogar para poder vivir los últimos años de su vida como si merecieran ser recordados.
 
Al no verlas, su cuerpecín choca a veces con las cosas que se interponen en su camino, sobre todo cuando intuye que alguien anda comiendo cerca suyo, y se afana en rebuscar las posibles migajas (de olfato, bien…). No te hará caso por mucho que lo llames (oye menos que Beethoven) pero en cuanto tu mano roce su suave pelo, el rabito comenzará emocionado a girar como la hélice de un submarino enano. ¡Es puro amor!
 
En tu mano está; cambiar el destino de Xavito es tan sencillo como escribir un e-mail diciendo, “aquí estoy, Xavito”: adopta@elrefugio.org
 
Una vez más, gracias a todas las personas que nos escucháis, nos ayudáis de cien mil formas distintas y nos hacéis sentir vuestro cariño y vuestro empeño incansable por ayudar a los pequeñajos que lo necesitan. ¡Es muy emocionante sentir que estáis ahí!
 
Ánimo Xavito, cielo, lo mejor está por llegar.
¡¡Abrazos para todos, salud y muuucha Vida!!

No puedo verte, ni escucharte, pero siento que estás ahí.
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